miércoles, 20 de mayo de 2009

Amor

Hoy piensa en todas las veces que no la han querido y en todas las veces que la quisieron. En su amor de juventud, que lo fue tanto tiempo. El amor que le enseñó a estrenar sensaciones, emociones y vivencias. En el que todo lo haces por vez primera. El que no se olvida nunca. Que duró por años, con sus cúspides y sus acantilados escarpados. Amor sin medida, sin control, ni vergüenza, ni culpa.

Amor que vino, que se fue, que volvía a venir y a irse, hasta que se tensó la cuerda tanto, que era imposible devolverla a su forma y posición original.

Piensa en el amor que llegó después y que siempre la hacía feliz, ofreciéndole absolutamente todo sin darle nada. Que nunca tenía horarios y vivía a la merced del viento. Que le enseñó los lugares y se rió con ella de sus humores. Que la hizo mirar dentro y querer. Quererse más.

Y hubo más amores, pasajeros, nómadas, rápidos, sedentarios, cortos, prolongados, mínimos, intensos, fugaces, perennes,…

Que ella ha querido, no hay duda. Y que la quisieron tampoco.

Que la quisieron por pequeñita y manejable. Y la quisieron por refunfuñona y también por todas las muchas más veces que se reía a carcajadas. Por sus ojos y sus labios. Por sus manos pequeñas y su corazón grande. La han querido por sus silencios y porque a veces no sabe callarse. Porque da un paso adelante y tantas veces se esconde. La quisieron por estar siempre presente y ausentarse cuando era preciso. Por ser siempre puntual y por no olvidarse de ninguna fecha importante. Por oler a jabón. Por tener la piel suave y los pensamientos afilados. Por ser comprensiva y por no entender nada. Por aceptar y por no dar su brazo a torcer. También la quisieron por saber dónde ir, aunque no conociera el camino. Por la música. Por ser ella.

Y a veces no la quisieron. No la han querido porque no era el momento, o no estaban preparados. Porque tenían un cortocircuito. Porque le hacían un favor. Porque no querían hacerle daño. Por ser confiada y crédula. Porque no era ella, que era él. Porque no sabían si querían una relación estable. También porque no estaban enamorados. Por ser demasiado buena para ellos. Porque era demasiado joven o demasiado mayor. Porque era lo mejor. O porque no sabían.

Y todavía espera querer mucho. Y entretanto intenta querer de otro modo y controlar el saldo de sus afectos, no vaya a ser que se quede en números rojos. Aunque tiene la impresión de que a ella no se le puede acabar, por suerte o por desgracia.

Al final va a ser que el balance es lo de menos. Y va a ser que lo que cuenta es lo demás.


jueves, 14 de mayo de 2009

Cristales de Colores

Llevaba una media hora tumbada sobre la arena, boca abajo, una gorra para protegerse del sol y un libro para protegerse del mundo. Solamente el rumor de las olas se elevaba más que las voces de los personajes de su historia. Pero el sonido no la interrumpía en la lectura, la relajaba y era uno de los motivos por los que le gustaba la playa.

Por fin la primavera había traído un verdadero anuncio de la siguiente estación. El día era radiante y tranquilo, los rayos del sol reflejándose con intensidad en un mar en calma. Apenas una leve brisa.

Cambió de posición, pues tenía el cuello agarrotado de estar en la misma postura tanto rato. Se colocó de lado, moviendo la gorra para que le siguiera protegiendo del sol y apoyó el codo sobre la arena, reposando la cabeza. Entonces los vio llegar.

Él iba el primero. Camiseta y pantalones de marca, las letras muy grandes y ostentosas, tanto, que probablemente eran una falsificación. Alto y muy moreno, los ojos negros algo rasgados, apuesto y de barbilla alzada. Caminaba dos pasos por delante de ella, que iba detrás con una blusa larga de color blanco y unos tejanos. El pelo, recogido bajo un pañuelo grande y negro, que no dejaba a la vista ni un mechón. Todo ello hacía que sus ojos enormes, rematados por unas largas pestañas, le dieran la impresión de estar muy tristes.

Se sentaron a su izquierda, pero algo más cerca del agua, por lo que podía verlos de perfil. Él se quedó quieto esperando, mientras ella sacó, de una bolsa a rayas, una toalla grande que extendió sobre la arena. El primero en sentarse, también fue él, colocándose ella a su derecha.

Cambió de posición de nuevo, esta vez con las piernas encogidas y abrazadas. Colocó el libro a un lado y mirando al mar, dejó vagar la imaginación. Él podía ser descendiente de algún príncipe árabe de antaño, tan altivo. ¿Y ella? No parecía muy feliz. No sonreía, ni denotaba ninguna emoción…

Mientras pensaba en ello, vio como él se quitaba la camiseta y después los pantalones, quedándose en bañador. Ella seguía sentada a su derecha, sin apenas moverse, mirando al frente.

Le dio rabia. Él podía mostrar su cuerpo bajo el sol, al aire libre. ¿Y ella? No era justo. ¡Una cultura que limita la libertad de las mujeres! Vienen a nuestro país, para aumentar sus posibilidades de vivir más cómodamente, de acceder a una educación y servicios mejores… Un nuevo proyecto. Y luego no se integran, ni se adaptan culturalmente. La diferencia en el modo de vestir de las mujeres, el pañuelo para cubrirse la cabeza, le parecía una barrera más ante esa integración.

Seguía pensando, cuando él se levantó y se acercó a la orilla del mar, donde sin apenas ruido, rompían las olas. Su barrio era uno de los principales núcleos de inmigración en su ciudad. Los inmigrantes norteafricanos, del Magreb o de otras áreas de África, se agolpaban en las mismas zonas, habían instaurado sus comercios que abrían los domingos y festivos, obligando a cerrar a los comerciantes de toda la vida – decían los vecinos. El paisaje habitual, era el de las antenas parabólicas en los balcones, para sintonizar la televisión de sus países.

A ella, particularmente, todo el tema económico le era secundario. Al fin y al cabo, sus padres también habían emigrado, y le habían inculcado que todo el mundo tiene derecho a buscar una vida mejor en cualquier lugar del mundo. Creía en ello firmemente. Sus prejuicios se activaban ante las diferencias culturales, o lo que ella suponía era la discriminación de la mujer.

La chica del pañuelo, había cerrado los ojos, y parecía que se relajaba al sol. Para entonces, su marido se había agachado junto a la orilla y parecía buscar algo entre la arena. De repente ella se movió para quitarse los zapatos, unas bailarinas que llevaba, y empezó a hacer un agujero en la arena con los pies.

Él regresó a su lado, llevando algo entre las manos y se arrodilló frente a ella con cuidado. Le mostró lo que había recogido: un puñado de brillantes cristales de colores y pequeñas conchitas. Ella le miró ilusionada y sacó un tarro de cristal de su bolsa a rayas. El bote que era bastante grande, estaba lleno a la mitad, de lo que parecía una colección de conchas, caracolas y cristalitos, todos diminutos. La mujer abrió el recipiente y él dejó caer dentro lo que llevaba entre las manos. Cuando cerró el recipiente de nuevo, le miró a los ojos y le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Una sonrisa generosa y brillante, que encerraba mucha de la ilusión que uno espera encontrar en una pareja joven. Entonces, se acercó un poco más a ella, alineando sus mejillas y se quedó allí un instante. Colocó su cabeza junto al cuello de la chica y ella se acercó un poco más, apretándole con un gesto tierno.

Se quedaron así unos segundos, el tiempo suficiente para que ella se diera cuenta de que muchas veces no se debe juzgar a la ligera. Sonriendo para sí misma, decidió levantarse e irse a casa, llevándose su primavera, su libro y sus prejuicios, bien metidos en el bolso.

martes, 10 de febrero de 2009

Haiku

Tu voz
a mi derecha,
me acompaña

jueves, 25 de septiembre de 2008

Qué esperar cuando estás esperando...

Hay un famoso libro que se llama así "Qué esperar cuando estás esperando". Pero es de temática pre-natal. El caso que nos ocupa trata de otra espera que, a veces, puede demorarse y doler como un parto, pero no es la misma.


Me refiero al otro "Qué esperar". Al gran qué esperar, de hecho. A aquel en el que una espera que la llamen. O, ¿no os ha pasado nunca? Conocéis a un chico, atractivo e interesante y os intercambiáis los teléfonos. Esa sería la opción paritaria en la que cualquiera de los dos podría llamar. La opción da cierto margen, los dos tienen los mismo que perder, o lo mismo que ganar. Nos encontramos también la posición dominante, guiada por el desinterés: aquella en la que tú le pides su teléfono y, básicamente, esperas no llamarlo nunca. Por último está la opción recesiva u opción atenta. Que es exactamente en el estado que una se quedará si el ejemplar en cuestión era digno de nuestra atención.


Atenta y expectante. Vamos, nos ha pasado a todas, y si no es así, prometo que envidio a las que digan que no. Yo, que ya tengo una edad, recuerdo haberme exasperado hace unos años cuando tenían que llamarme y alguien ocupaba el teléfono en casa. Ahora todo es mucho más fácil, porque puedes desvariar a gusto en tu espera, con tu móvil en el bolso, sobre la mesa del despacho, o pegado a tu cuerpo, si son las 2 de la mañana y te estás quedando dormida en el sofá. O estás trasteando en el ordenador, como ahora y el altavoz hace el característico sonido pre-llamada "tatata-tatatá-tatatá-ñññññ" y tú, miras la pantalla de tu teléfono como si se te fuera a aparecer la mismísima Vírgen de Lourdes. Pero no. Os lo digo por experiencia, estoy segura de que mis vecinos - que tienen el comedor pegado a la pared de mi habitación- reciben muchas, pero muchas más llamadas de móvil que yo. Y la interferencia es suya, ¡por supuesto!


Y puede ser peor. Puede ser que la llamada sea para ti y que sea tu madre; "¡¡Hola mi hija!!! ¡¿¡¿Cómo estás hoy!?!?!" Con ese tono entusiasta, alegre y jovial de jubilada sana y relajada... Y yo contesto (eso si contesto) "Pues como todos los días. ¿Qué? ¿Algo nuevo? ¿Ha pasado algo importante? ¿Estáis todos bien?". Ahí es cuando mi madre, que es una experta en analizar mi tono y mensaje, se despide con un prudente y amedrentado "No hija, todo como siempre. Te dejo que descanses, que te noto algo tensa. Te hacen trabajar mucho, ¿verdad? Venga hija, un besito".


En realidad no sería necesario despedirla tan abruptamente porque, no nos engañemos, todas tenemos ya la dichosa llamada en espera. ¿Qué nos pasa entonces? Nada, que nos cabrea que nos llame nuestra madre, en vez del galán de turno. Además, nos entra el pánico escénico y tememos que cuando él nos llame, mientras nuestra madre nos tiene al teléfono (claro, claro…), le demos a la tecla equivocada y perdamos la llamada. Y… ¿entonces qué? ¿Cómo saber si ese número desconocido que nos llamó, es el de nuestro esperado ligue del viernes? ¿Qué, valientes…? Marcamos el número en plan "Hola soy Frasckita y tengo una llamada perdida tuya”. Rotundamente no.


Es entonces cuando tanta tensión te vence y te quedas dormida viendo el segundo capítulo de CSI cuando, tachán, "títiiiiiiii-títiiiiiii". La vibración de un terremoto Grado 6 en la escala de Richter bajo tu oreja. Que además, tanta onda magnética, por culpa del teléfono siempre pegado a nuestro cuerpo, hará que nos crezca una tercera teta. Pero... a tí te da lo mismo, porque tú estás salvada, porque, ¡¡Eso era un mensaje!! Y abres el móvil, todavía medio dormida, todavía temblorosa del susto, para leer con los ojos hinchados "Vodafone informa...". Me cago en Vodafone y sus eseemeeses.

Pero…bien, bien. Vamos bien.


Al día siguiente, ya es miércoles. Tú piensas en cuántos días deben pasar para que pueda llamarte. Calculas el tiempo estándar que él tiene que dejar pasar antes de marcar tu número. Te levantas, te duchas, desayunas con poca hambre y el estómago encogido. "Con lo guapísimo que era". Crees. Porque francamente, ¡estaba oscuro! Te vas a trabajar y, es entonces y no antes, cuando el móvil pita. Y pita porque se le acaba la batería. Por supuesto, tus 3 cargadores están todos en casa. Y tu compañera de despacho, que tiene un móvil como el tuyo, también se ha dejado el cargador en casa. Así que, con desesperación, ves que a la hora de comer, el móvil ha fenecido. ¿Te extraña? ¡¡Pero si llevas toda la mañana dándole a la pantallita, para ver si ha entrado un mensaje!!


Se acaba la jornada y te tienes que decidir ¿Vas a casa corriendo a cargar el móvil, o te vas al gimnasio como debería ser? Porque claro, si te llama y tú no has ido al gimnasio en toda la semana y se encuentra con que, en vez de la chica mona del viernes, hay una culona que lleva 5 días saltándose sus ejercicios, ¿qué? Y estoica, vas al gimnasio. Estoica y valiente, porque tú... no tienes ni buzón de voz, que va contra tu religión (y al menos eso vas a seguir respetándolo).


Nada más llegar a casa, corres a enchufar el móvil y esperas irremediablemente 2 minutos a encenderlo, para que tenga algo de batería al hacerlo. ¡¡Aleluya!! ¡¡Tienes 4 llamadas perdidas, y un mensaje nuevo!! ¡¡Sí, sí, sí!! Pero ya se sabe… El desengaño camina sonriendo detrás del entusiasmo y hoy 3 de tus amigas, e incluso, uno de tus ex, se han puesto de acuerdo para llamarte. Bueno, te queda el mensaje. De tu madre, por supuesto. "Hola hija. No sé nada de ti, llámame, por favor".


Derrotada a partes iguales por la decepción y la clase de spinning con la que te has flagelado, te pones a cenar y cuando acabas de recoger, te das cuenta de la cantidad de trastos, papel, envases... que invaden tu cocina. Y decides salir a tirar la basura. Con el móvil en la mano. Faltaría más. Container de basura, container de papel, container de los envvvvvvvvvvvvvvvvv... Y el móvil, que se cae dentro, con tu último bote vacío de gel de baño. Por suerte, el container está hasta arriba y tú puedes rescatar el móvil en el último momento.


De nuevo en casa, coges un algodón y te pones a limpiarlo enérgicamente con alcohol para desinfectarlo. Porque vete a saber qué habrá podido "pillar" en ese contenedor amarillo, que suerte que no era el orgánico... Cuando más fuerte estás frotando, suena el teléfono y tú pasas el algodón por la tecla roja. La de colgar. Y te entra el pánico. ¡¿!Colgar!?! ¡¿!Colgar!?! Ohhh, no se le cuelga a nadie, ¿verdad? Que está muy feo. ¿¿Y ahora qué...?? "Hola, soy Frasckita, me has llamado y te he colgado sin querer, porque estoy limpiando el móvil con alcohol, porque se me ha caído dentro del container del reciclaje y lo estoy desinfectando". No. Definitivamente no. Tú... tienes una reputación.


Así que... derrotada, te vas a dormir. Hoy a tu cama. No en el sofá. Y te lavas los dientes, te pones tu crema antiarrugas y cuando vas a hacer un pipí - con el móvil en la mano, evidentemente - suena otra vez. Y lo coges. Vamos si lo coges. Tú cortas el pipi, y lo que haga falta. "Hola, buenas nochesss" Y es él. ¡¡Por fin!! Solamente cinco días de intensa tensión después, ¡Qué mono! Y pones voz de que estabas haciendo algo trascendente y que no te importa nada haber esperado media semana a que te llamara. Te levantas con el trabajo a medio hacer, para dejar con sigilo el baño, que todos sabemos el eco que se oye desde el lavabo. Y te esperas que esa llamada sea el principio de algo interesante de verdad. Pero esa, ya es otra historia…

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Rocambolesca!

Dice la RAE que rocambolesco es un hecho o circunstancia, que se produce generalmente en serie y que tiene un carácter extraordinario, exagerado o inverosímil. Bien... así me llamó, en el fragor de una discusión, hace años una amiga. Al principio me pareció una ofensa ser rocambolesca, pero con el paso de los días, asumí cuánta parte de verdad tenía la palabrita.

Algo complicada sí soy. Tengo un amigo que me dice que cuando no tengo problemas, tiendo a buscarlos. De manera inevitable, suelo darle muchísimas vueltas a las cosas. Me como la cabeza como si fuera un deporte olímpico. Por la influencia genética andaluza, tiendo a la exageración en algunos aspectos, pero no es impostado... que me sale natural. Y me gusta utilizar, en ocasiones, palabras poco habituales, raras o en desuso.

Rocambolesca, verdad? Y ojalá pudiera evitarlo en ocasiones, porque lo de comerse la cabeza, por ejemplo. Vale. Es de las pocas cosas que puedes comer y no te engorda, pero si realmente te preocupa, te deja con una cara fatal. Lo de darle vueltas a las cosas: con lo fácil que es acogerse al proverbio chino aquel de "Si tiene solución no te preocupes, y si no tiene solución, no te preocupes". Pero oyesss... que no me sale nada bien, y yo vuelta a lo mío, cual tiovivo mental. Lo de utilizar palabros raros, eso ya me da igual de verdad. Me gusta y de vez en cuando me descubro a mi misma utilizando una palabrita que ni siquiera yo misma era consciente de conocer.

Y hoy me ha pasado algo inverosímil. Pero tampoco debería ser una sorpresa para mi, pues forma parte de mi condición. Ahora me toca poner lo mejor de mi misma para: no comerme la cabeza y no darle vueltas a la historia. Pero ya es tarde y va a ser difícil, irse a dormir sin pensar en ello, sin intentar verlo desde todos los ángulos, sin pretender que no haya algo en mi que sea responsable del "todo"...

Buenas noches, que mañana será otro día! Espero ... ;-)

viernes, 27 de abril de 2007

Reivindicación estomacal

Mi estómago ha dicho basta…. Anoche llegué a casa sin perpetrar delitos contra mis hábitos alimenticios y me fui a dormir (casi) sin más... ¡¡Con la tontería, casi las dos...!!

Pero mi estómago se ha levantado hoy rebelde con causa. Me ha preguntado de qué voy, si me he creído Phileas Fogg y estoy haciendo la vuelta al mundo gastronómica. Dice que va a apelar a la ONU y si hace falta, a la OMS... que si no llegamos a una entente cordiale, hará que intervenga la OTAN. Me ha contado, que podrían atender sus reclamaciones y que, sobretodo en el caso de la OTAN, no es tan difícil como a mí me parece. Sus últimos recursos serán La Haya, La Rota (¡!!) y pedir clemencia al Papa….!!

Dice que está harto. Que en poco más de dos semanas ha tenido que probar:

Comida italiana, comida Thai, comida india, comida mexicana, eso sin contar las hamburguesas (dice que es un invento americano del demonio), las salchichas de Frankfurt (no es necesario decir de dónde argumenta que son) y la paella (que también dice que pasa mucho de dónde acaba exactamente la frontera de ses païssos y que si voy a hacer que se tome también un "tombat mallorquí" o como se llame). El pobre ni recuerda que pedí chino, hace poco y que mi segunda dieta está empezando a ser el sushi japonés.

Su amenaza….que o vuelvo a la dieta mediterránea (tampoco quiere que le hable de los muy castellanos cochinillos al horno o judías de Segovia), pero la light.... O me pega él un zambombazo tipo Afganistán. ¡¡Que ni sueñe en probar, siquiera, un arroz a la Cubana…!!

Pregunta que dónde quedaron las verduritas al horno (me ha dicho, que si hace falta compre “Brasador”, que lo venden en bolsas), las saludables ensaladas, la carne a la plancha.... Bastante cabreado, me ha comentado que está hasta la moña de la política internacional que aplico a mi dieta: que le da lo mismo si es en Tailandia o en Myanmar donde tienen problemas territoriales, que lo de las castas de la India lo gestionen los de la Fundación Vicente Ferrer, que Berlusconi es un putero, que en Alemania viven mejor que nosotros, que los Americanos están pallá, que la solidaridad con la Baja California se la trae floja (dice que sólo le importan las ballenas de no sé qué Bahía de allí), que China es una superpontencia, y que para él todos ses païssos hablan dialecto.

Ahhh, me ha comentado, que mis amigos son una mala influencia. Nos escuchó comentando la posibilidad de ir a un Griego!! Dice que con haber probado la Moussaka tengo más que suficiente.

Por favor, no le digáis que tengo afán de Nouvelle Cuisine y que pensaba visitar el Bulli, un día de estos cuando la lista sea más corta, ya que han dicho que es el mejor restaurante del mundo. No quiero ni pensar qué pasaría, si se entera de que vamos a probar una Deconstrucción de Fabada Asturiana a la Miel con espuma de Tirabeques del Monte y Bichitos del Mar…

En fin, a todo esto, yo creo que toda la culpa la tuvo el “Jefe” que llevaba demasiada cebolla. Pero no se lo voy a decir, porque si se lo toma al pie de la letra y pretende que deje de currar… No sé quién va a pagarle la hipoteca a los cabrones del BBVA.

Resumiendo: Habrá que consultar con Moratinos y ver si hay tratados o pactos al respecto, porque... yo con la dieta del espárrago....no me atrevo.

lunes, 29 de noviembre de 2004

Ligar

Ligar, yo no ligo nada. Más aún que nada, nada de nada. Porque ustedes perdónenme, pero yo entiendo por ligar, conseguir llamar la atención de aquel /aquella que te interesa. Porque vamos.... que a una le silbe el paleta de la esquina, o el vendedor de cupones del barrio... venga, eso no es ligar. Tampoco lo es que te intenten meter mano en el autobús porque, bueno, una también tendrá algo que decir, ¿no? Y si no puedes escoger donde te tocarán, es como cuando te sirven pollo y tú querías muslo y te sirven pechuga. Para más inri, seguro que sin patatas ni guarnición alguna. Es decir, que el tío encima de bruto, es un auténtico calamar. Ahí entramos en otro tema.... Y es que si ligo, ligo solamente con calamares. ¿Que qué es un “calamar”? Léase tío entre feo y mú feo, más bien bajito, de gracioso nada de nada, sin labia ninguna, ni conversación,... y si tienes mala suerte y te toca de los peores, el tío tiene un Tunning y le cantan los alerones.

Vamos, que la situación viene a ser más o menos la siguiente... Una se arregla para salir: un poquito de maquillaje, pero no demasiado, el justo para que se te vea un poco en la penumbra de la discoteca que vayas a escoger. Un poquito de perfume, para que huelas a algo más que a tabaco de la sala en la que estés. Un tejano ajustadito y bien bajo, pero que te permita una mínima libertad de movimientos y que no enseñe todo el tanga, porque ver tanta tira...hace feo. Y de arriba, pues algo discreto, pero con gracia. Si dejas ver por arriba, que tape por abajo y viceversa, más que nada, porque sino es como ir en pelotas.

Una vez arreglada se va una con sus amigas a la discoteca y se encuentra al calamar de turno “Hola, eres de aquí”, te “susurra” mientras se te arrima con todo el cuerpo, como para establecer un primer contacto “amistoso”. Y tú piensas “como si eso importara, majo... Qué original”, pero resignada a que ese será tu único contacto con el género masculino en toda la noche, contestas “Pues sí” y él, sintiéndose animado por tu abierta actitud se lanza sobre tus mejillas y te estampa dos besos “Me llamo Pepe”. Sí, Pepe, sí, muy bien... así se hace. Ooooolé, dos besos como dos banderillas. Una retrocede asustada de tanta efusividad “Encantada, Pepe”. Él sigue en su línea torera “Te invito a una copa”. “Gracias, pero....” señalas la copa llena que justamente está entregándote el camarero. “Bueno, pues luego” y raudo se marcha por donde ha venido, y por donde tu esperas que se pierda un buen rato, con un poco de suerte. Pero no. Existe una regla infalible para los calamares: Los calamares contraatacan. No es una película de serie B, es una cruda realidad.

Vuelves a tropezar con Pepe cuando aún no te has terminado la copa y de nuevo avanza hacia ti, y su cintura tropieza involuntariamente con tu cadera y a ti casi se te cae la copa de las manos de la impresión, pero por suerte, la salvas y cuando él te pregunta “Ahora, te puedo invitar ahora???” con cierta ansiedad, tú señalas el resto de tu Martini, milagrosamente salvado de una desgracia y le dices casi educadamente “No, gracias, todavía me queda un poquito”. Pero Pepe no se rinde “Vale, pues vuelvo luego. Y luego no me digas que no, eh!”. Eso eso, ¡encima con exigencias! Deseas que se pierda en el mismo bosque al que lo enviaste la primera vez, sin suerte, porque 10 minutos más tarde vuelves a encontrártelo. Lo divisas a distancia, gracias a su camisa leñador a cuadros naranjas, de plena moda, te da una cierta ventaja y cuando casi lo tienes encima, haces una maniobra peligrosa esquivándolo entre el personal y lo dejas con 3 palmos de narices. Creerán ustedes que soy mala, pero creo que no está escrito en ningún sitio que una tenga que darle coba a los calamares.

Si al menos tuviera un encuentro con un tío feo, pero interesante; o divertido; o elocuente; o inteligente; o guapo; o todo a la vez (eso ya sé que es mucho pedir) y encima soltero... pues no pediría tanto, pero en la situación en la que estoy, he empezado a pensar en poner velas en la Catedral y no precisamente para conseguir la paz mundial. Bueno, si de paso lo consigo, pues bienvenida sea, pero creo que eso depende menos de mí, que lo de encontrar novio, o por lo menos un candidato arrimable, y que no quiera arrimarse sólo 15 minutos. Ya me entienden...

Porque con la edad que tengo, ¿qué es lo que me queda por escoger? Las que tuvieron más suerte (o menos, eso ya se verá), ya hace tiempo que se casaron y se han encargado de eliminar del mapa un buen porcentaje de los hombres que podrían considerarse candidatos, al menos por la edad. Esos, en principio, descartados. Bueno, yo los he descartado, pero algunos de ellos no descartan nada, y también es una tarea descubrirlos antes de meterse en camisas de once cuernos, digo... de once varas.

Después tenemos los que ya han salido de algún matrimonio o relación. Esos están entre los candidatos, claro, pero habría que dividirlos en 3 clases: Liberados, Resentidos y Con Bonus Track. Los liberados, son de los que solamente se arriman 15 minutos. Eso sí, 15 minutos contigo, 15 con tu amiga, y 15 más con todas las que están a tiro. Los Resentidos, vienen zarandeados de su anterior relación, y los tienes que convencer, o consolar, según el caso, con lo que ya empiezas con mal pie, o con el pie de la ex sobre tu relación. Y luego, los Bonus Track, esos que vienen con regalo: la ex, los niños y si me apuras hasta con exsuegra y todo. No, no, no... muchas gracias.

Luego están los de gustos análogos. Es decir, esos hombres a los que también les gustan los hombres. Actualmente parece que haya cada vez más, y con esos hay muy poco que hacer. Vamos, mejor ni intentarlo. Eso sí, como amigos, genial, y te escucharán siempre que tengas que llorarles sobre tu falta de suerte, o sobre tu suerte con los calamares. ¡¡Gracias, chicos!!

No nos olvidemos de los Liberados que ya superan una media de edad y que tienen, como poco, 15 años más que tú. Más que Liberados, podríamos llamarles Tiburones, porque te miran fijamente en la oscuridad, mientras sonríen con un gesto depredador... aghhh. No, gracias. Por lo menos no, si no se llaman Alberto Cortina. Ya me entienden...

Entre los candidatos, también encontramos a aquellos con los que da un poco de reparo ligar. Que te sabe mal tirarles la caña, los…Pezqueñines, porque tienen entre 5 y 10 años menos que una. En caso de que sean mucho menos de 10 años sería delito, y tampoco queremos acabar en la cárcel por un rollete, ¿verdad?

Visto lo visto, estarán ustedes de acuerdo conmigo en que nos queda poco dónde escoger. Supongo que aún tenemos alguna posibilidad de encontrar a alguien afín a nosotras entre el porcentaje de hombres restantes. Alguno de los que mencionaba al principio, inteligente, o interesante, o guapo... ¡¡¡Me voy a poner las velas a la Catedral!!

Claro que no debemos desesperar, y siempre nos queda una última posibilidad. ¿Cuál, cuál? Estarán preguntándose todas mis congéneres en la misma situación que yo. Ahí radica la respuesta: ¡¡Chicas!! Siempre estamos a tiempo de cambiar de acera. Y eso sí que no,¡¡porque yo, a este lado de la calle estoy comodísima!!

Agur!