Hay un famoso libro que se llama así "Qué esperar cuando estás esperando". Pero es de temática pre-natal. El caso que nos ocupa trata de otra espera que, a veces, puede demorarse y doler como un parto, pero no es la misma.
Me refiero al otro "Qué esperar". Al gran qué esperar, de hecho. A aquel en el que una espera que la llamen. O, ¿no os ha pasado nunca? Conocéis a un chico, atractivo e interesante y os intercambiáis los teléfonos. Esa sería la opción paritaria en la que cualquiera de los dos podría llamar. La opción da cierto margen, los dos tienen los mismo que perder, o lo mismo que ganar. Nos encontramos también la posición dominante, guiada por el desinterés: aquella en la que tú le pides su teléfono y, básicamente, esperas no llamarlo nunca. Por último está la opción recesiva u opción atenta. Que es exactamente en el estado que una se quedará si el ejemplar en cuestión era digno de nuestra atención.
Atenta y expectante. Vamos, nos ha pasado a todas, y si no es así, prometo que envidio a las que digan que no. Yo, que ya tengo una edad, recuerdo haberme exasperado hace unos años cuando tenían que llamarme y alguien ocupaba el teléfono en casa. Ahora todo es mucho más fácil, porque puedes desvariar a gusto en tu espera, con tu móvil en el bolso, sobre la mesa del despacho, o pegado a tu cuerpo, si son las 2 de la mañana y te estás quedando dormida en el sofá. O estás trasteando en el ordenador, como ahora y el altavoz hace el característico sonido pre-llamada "tatata-tatatá-tatatá-ñññññ" y tú, miras la pantalla de tu teléfono como si se te fuera a aparecer la mismísima Vírgen de Lourdes. Pero no. Os lo digo por experiencia, estoy segura de que mis vecinos - que tienen el comedor pegado a la pared de mi habitación- reciben muchas, pero muchas más llamadas de móvil que yo. Y la interferencia es suya, ¡por supuesto!
Y puede ser peor. Puede ser que la llamada sea para ti y que sea tu madre; "¡¡Hola mi hija!!! ¡¿¡¿Cómo estás hoy!?!?!" Con ese tono entusiasta, alegre y jovial de jubilada sana y relajada... Y yo contesto (eso si contesto) "Pues como todos los días. ¿Qué? ¿Algo nuevo? ¿Ha pasado algo importante? ¿Estáis todos bien?". Ahí es cuando mi madre, que es una experta en analizar mi tono y mensaje, se despide con un prudente y amedrentado "No hija, todo como siempre. Te dejo que descanses, que te noto algo tensa. Te hacen trabajar mucho, ¿verdad? Venga hija, un besito".
En realidad no sería necesario despedirla tan abruptamente porque, no nos engañemos, todas tenemos ya la dichosa llamada en espera. ¿Qué nos pasa entonces? Nada, que nos cabrea que nos llame nuestra madre, en vez del galán de turno. Además, nos entra el pánico escénico y tememos que cuando él nos llame, mientras nuestra madre nos tiene al teléfono (claro, claro…), le demos a la tecla equivocada y perdamos la llamada. Y… ¿entonces qué? ¿Cómo saber si ese número desconocido que nos llamó, es el de nuestro esperado ligue del viernes? ¿Qué, valientes…? Marcamos el número en plan "Hola soy Frasckita y tengo una llamada perdida tuya”. Rotundamente no.
Es entonces cuando tanta tensión te vence y te quedas dormida viendo el segundo capítulo de CSI cuando, tachán, "títiiiiiiii-títiiiiiii". La vibración de un terremoto Grado 6 en la escala de Richter bajo tu oreja. Que además, tanta onda magnética, por culpa del teléfono siempre pegado a nuestro cuerpo, hará que nos crezca una tercera teta. Pero... a tí te da lo mismo, porque tú estás salvada, porque, ¡¡Eso era un mensaje!! Y abres el móvil, todavía medio dormida, todavía temblorosa del susto, para leer con los ojos hinchados "Vodafone informa...". Me cago en Vodafone y sus eseemeeses.
Pero…bien, bien. Vamos bien.
Al día siguiente, ya es miércoles. Tú piensas en cuántos días deben pasar para que pueda llamarte. Calculas el tiempo estándar que él tiene que dejar pasar antes de marcar tu número. Te levantas, te duchas, desayunas con poca hambre y el estómago encogido. "Con lo guapísimo que era". Crees. Porque francamente, ¡estaba oscuro! Te vas a trabajar y, es entonces y no antes, cuando el móvil pita. Y pita porque se le acaba la batería. Por supuesto, tus 3 cargadores están todos en casa. Y tu compañera de despacho, que tiene un móvil como el tuyo, también se ha dejado el cargador en casa. Así que, con desesperación, ves que a la hora de comer, el móvil ha fenecido. ¿Te extraña? ¡¡Pero si llevas toda la mañana dándole a la pantallita, para ver si ha entrado un mensaje!!
Se acaba la jornada y te tienes que decidir ¿Vas a casa corriendo a cargar el móvil, o te vas al gimnasio como debería ser? Porque claro, si te llama y tú no has ido al gimnasio en toda la semana y se encuentra con que, en vez de la chica mona del viernes, hay una culona que lleva 5 días saltándose sus ejercicios, ¿qué? Y estoica, vas al gimnasio. Estoica y valiente, porque tú... no tienes ni buzón de voz, que va contra tu religión (y al menos eso vas a seguir respetándolo).
Nada más llegar a casa, corres a enchufar el móvil y esperas irremediablemente 2 minutos a encenderlo, para que tenga algo de batería al hacerlo. ¡¡Aleluya!! ¡¡Tienes 4 llamadas perdidas, y un mensaje nuevo!! ¡¡Sí, sí, sí!! Pero ya se sabe… El desengaño camina sonriendo detrás del entusiasmo y hoy 3 de tus amigas, e incluso, uno de tus ex, se han puesto de acuerdo para llamarte. Bueno, te queda el mensaje. De tu madre, por supuesto. "Hola hija. No sé nada de ti, llámame, por favor".
Derrotada a partes iguales por la decepción y la clase de spinning con la que te has flagelado, te pones a cenar y cuando acabas de recoger, te das cuenta de la cantidad de trastos, papel, envases... que invaden tu cocina. Y decides salir a tirar la basura. Con el móvil en la mano. Faltaría más. Container de basura, container de papel, container de los envvvvvvvvvvvvvvvvv... Y el móvil, que se cae dentro, con tu último bote vacío de gel de baño. Por suerte, el container está hasta arriba y tú puedes rescatar el móvil en el último momento.
De nuevo en casa, coges un algodón y te pones a limpiarlo enérgicamente con alcohol para desinfectarlo. Porque vete a saber qué habrá podido "pillar" en ese contenedor amarillo, que suerte que no era el orgánico... Cuando más fuerte estás frotando, suena el teléfono y tú pasas el algodón por la tecla roja. La de colgar. Y te entra el pánico. ¡¿!Colgar!?! ¡¿!Colgar!?! Ohhh, no se le cuelga a nadie, ¿verdad? Que está muy feo. ¿¿Y ahora qué...?? "Hola, soy Frasckita, me has llamado y te he colgado sin querer, porque estoy limpiando el móvil con alcohol, porque se me ha caído dentro del container del reciclaje y lo estoy desinfectando". No. Definitivamente no. Tú... tienes una reputación.
Así que... derrotada, te vas a dormir. Hoy a tu cama. No en el sofá. Y te lavas los dientes, te pones tu crema antiarrugas y cuando vas a hacer un pipí - con el móvil en la mano, evidentemente - suena otra vez. Y lo coges. Vamos si lo coges. Tú cortas el pipi, y lo que haga falta. "Hola, buenas nochesss" Y es él. ¡¡Por fin!! Solamente cinco días de intensa tensión después, ¡Qué mono! Y pones voz de que estabas haciendo algo trascendente y que no te importa nada haber esperado media semana a que te llamara. Te levantas con el trabajo a medio hacer, para dejar con sigilo el baño, que todos sabemos el eco que se oye desde el lavabo. Y te esperas que esa llamada sea el principio de algo interesante de verdad. Pero esa, ya es otra historia…
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