jueves, 14 de mayo de 2009

Cristales de Colores

Llevaba una media hora tumbada sobre la arena, boca abajo, una gorra para protegerse del sol y un libro para protegerse del mundo. Solamente el rumor de las olas se elevaba más que las voces de los personajes de su historia. Pero el sonido no la interrumpía en la lectura, la relajaba y era uno de los motivos por los que le gustaba la playa.

Por fin la primavera había traído un verdadero anuncio de la siguiente estación. El día era radiante y tranquilo, los rayos del sol reflejándose con intensidad en un mar en calma. Apenas una leve brisa.

Cambió de posición, pues tenía el cuello agarrotado de estar en la misma postura tanto rato. Se colocó de lado, moviendo la gorra para que le siguiera protegiendo del sol y apoyó el codo sobre la arena, reposando la cabeza. Entonces los vio llegar.

Él iba el primero. Camiseta y pantalones de marca, las letras muy grandes y ostentosas, tanto, que probablemente eran una falsificación. Alto y muy moreno, los ojos negros algo rasgados, apuesto y de barbilla alzada. Caminaba dos pasos por delante de ella, que iba detrás con una blusa larga de color blanco y unos tejanos. El pelo, recogido bajo un pañuelo grande y negro, que no dejaba a la vista ni un mechón. Todo ello hacía que sus ojos enormes, rematados por unas largas pestañas, le dieran la impresión de estar muy tristes.

Se sentaron a su izquierda, pero algo más cerca del agua, por lo que podía verlos de perfil. Él se quedó quieto esperando, mientras ella sacó, de una bolsa a rayas, una toalla grande que extendió sobre la arena. El primero en sentarse, también fue él, colocándose ella a su derecha.

Cambió de posición de nuevo, esta vez con las piernas encogidas y abrazadas. Colocó el libro a un lado y mirando al mar, dejó vagar la imaginación. Él podía ser descendiente de algún príncipe árabe de antaño, tan altivo. ¿Y ella? No parecía muy feliz. No sonreía, ni denotaba ninguna emoción…

Mientras pensaba en ello, vio como él se quitaba la camiseta y después los pantalones, quedándose en bañador. Ella seguía sentada a su derecha, sin apenas moverse, mirando al frente.

Le dio rabia. Él podía mostrar su cuerpo bajo el sol, al aire libre. ¿Y ella? No era justo. ¡Una cultura que limita la libertad de las mujeres! Vienen a nuestro país, para aumentar sus posibilidades de vivir más cómodamente, de acceder a una educación y servicios mejores… Un nuevo proyecto. Y luego no se integran, ni se adaptan culturalmente. La diferencia en el modo de vestir de las mujeres, el pañuelo para cubrirse la cabeza, le parecía una barrera más ante esa integración.

Seguía pensando, cuando él se levantó y se acercó a la orilla del mar, donde sin apenas ruido, rompían las olas. Su barrio era uno de los principales núcleos de inmigración en su ciudad. Los inmigrantes norteafricanos, del Magreb o de otras áreas de África, se agolpaban en las mismas zonas, habían instaurado sus comercios que abrían los domingos y festivos, obligando a cerrar a los comerciantes de toda la vida – decían los vecinos. El paisaje habitual, era el de las antenas parabólicas en los balcones, para sintonizar la televisión de sus países.

A ella, particularmente, todo el tema económico le era secundario. Al fin y al cabo, sus padres también habían emigrado, y le habían inculcado que todo el mundo tiene derecho a buscar una vida mejor en cualquier lugar del mundo. Creía en ello firmemente. Sus prejuicios se activaban ante las diferencias culturales, o lo que ella suponía era la discriminación de la mujer.

La chica del pañuelo, había cerrado los ojos, y parecía que se relajaba al sol. Para entonces, su marido se había agachado junto a la orilla y parecía buscar algo entre la arena. De repente ella se movió para quitarse los zapatos, unas bailarinas que llevaba, y empezó a hacer un agujero en la arena con los pies.

Él regresó a su lado, llevando algo entre las manos y se arrodilló frente a ella con cuidado. Le mostró lo que había recogido: un puñado de brillantes cristales de colores y pequeñas conchitas. Ella le miró ilusionada y sacó un tarro de cristal de su bolsa a rayas. El bote que era bastante grande, estaba lleno a la mitad, de lo que parecía una colección de conchas, caracolas y cristalitos, todos diminutos. La mujer abrió el recipiente y él dejó caer dentro lo que llevaba entre las manos. Cuando cerró el recipiente de nuevo, le miró a los ojos y le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Una sonrisa generosa y brillante, que encerraba mucha de la ilusión que uno espera encontrar en una pareja joven. Entonces, se acercó un poco más a ella, alineando sus mejillas y se quedó allí un instante. Colocó su cabeza junto al cuello de la chica y ella se acercó un poco más, apretándole con un gesto tierno.

Se quedaron así unos segundos, el tiempo suficiente para que ella se diera cuenta de que muchas veces no se debe juzgar a la ligera. Sonriendo para sí misma, decidió levantarse e irse a casa, llevándose su primavera, su libro y sus prejuicios, bien metidos en el bolso.

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