miércoles, 20 de mayo de 2009

Sonreir

Ha acabado su jornada y coge el coche para regresar a casa.

Su coche no se parece a ella, o tal vez sí. Es plateado, pero solamente reluciente cuando está recién lavado, ¡claro! Muchas veces no está ordenado, pero siempre encuentras un bolígrafo, un papel, o aquella revista atrasada. No es un cacharro, pero tampoco un Lexus o un Mercedes, y cumple muy bien con su función, de momento.

A ella, como en el anuncio, le gusta conducir. Se sienta, suspira profundamente después del largo día e inicia la maniobra para salir a la carretera. En el camino de vuelta a casa, a veces, no le apetece escuchar música, pues está saturada del trabajo, pero hoy sí. Hoy lo necesita, le hace falta y cantará, aunque es consciente de que lo hace fatal. Sonríe.

Nada más tocar el asfalto se pone a buscar algo que vaya con su estado de ánimo. Abre el porta cedés sobre su regazo y va pasando de uno a otro: Crowded House, no no… James Blunt, qué flojera… Oasis, buf, el último álbum no vale nada….

Se para en el semáforo y sonríe porque está tranquila, o a lo mejor es que está agotada. Mientras está esperando ve los reflejos del sol que empieza a caer a esa hora, en los cristales de los edificios de enfrente. Está absorta en ello, cuando una niña cruza de la mano de su abuela y le sonríe tanto, que parece un pequeño personaje de dibujos. Le hace gracia, y le devuelve el gesto, arrugando también la nariz, a lo que la pequeña le saca la lengua en una mueca divertida. Ella ríe.

Por fin arranca y entra en la carretera, y también por fin, ha encontrado una banda sonora adecuada para que la acompañe a casa. Pone una de sus canciones favoritas, de Placebo, y deja que la música, que empieza a sonar, se filtre por los poros de su piel. Nunca se ha drogado, pero la música es para ella como un combustible vital. Se deja llevar por las notas que suben a la vez en la melodía y en su columna vertebral. Pasan por sus brazos y agarra más fuerte el volante.

Baja la ventanilla un poquito, y deja que el aire le de en la cara y la despeine. ¡Se siente tan bien!

En su trayecto pasa por el campo de hierba alta y verde que tanto le gusta. Son solamente algunos metros, pero es precioso. Se recorta con el Montseny al fondo, contrastando especialmente cuando el cielo está nublado. En invierno está blanco de escarcha por las mañanas, y cuando regresa, no sabría decirlo, pues es de noche. Pero ahora, con la primavera, refleja los primeros rayos de sol cuando va a trabajar y brilla con las últimas gotas del día, de vuelta a casa. Está totalmente salpicado de amapolas rojas, como en aquel cuadro tan famoso de Monet.

Su canción llega al momento álgido, como a ella le gusta, y enfila el tramo que la lleva hasta el su destino. Sabe que no debe, pero aprovecha la recta, la hora y que no hay nadie delante, para acompasar el acelerador al ritmo de la música. Y piensa en una carretera de curvas, junto a la costa, en el olor del mar por las tardes y en el verano que ya está llegando. Y sonríe.

Se detiene a la vez que se acaba su canción. Apaga el motor. Pero no se apaga su sonrisa. Y piensa en por qué se ríe, pero se ríe a pesar de todo.

Amor

Hoy piensa en todas las veces que no la han querido y en todas las veces que la quisieron. En su amor de juventud, que lo fue tanto tiempo. El amor que le enseñó a estrenar sensaciones, emociones y vivencias. En el que todo lo haces por vez primera. El que no se olvida nunca. Que duró por años, con sus cúspides y sus acantilados escarpados. Amor sin medida, sin control, ni vergüenza, ni culpa.

Amor que vino, que se fue, que volvía a venir y a irse, hasta que se tensó la cuerda tanto, que era imposible devolverla a su forma y posición original.

Piensa en el amor que llegó después y que siempre la hacía feliz, ofreciéndole absolutamente todo sin darle nada. Que nunca tenía horarios y vivía a la merced del viento. Que le enseñó los lugares y se rió con ella de sus humores. Que la hizo mirar dentro y querer. Quererse más.

Y hubo más amores, pasajeros, nómadas, rápidos, sedentarios, cortos, prolongados, mínimos, intensos, fugaces, perennes,…

Que ella ha querido, no hay duda. Y que la quisieron tampoco.

Que la quisieron por pequeñita y manejable. Y la quisieron por refunfuñona y también por todas las muchas más veces que se reía a carcajadas. Por sus ojos y sus labios. Por sus manos pequeñas y su corazón grande. La han querido por sus silencios y porque a veces no sabe callarse. Porque da un paso adelante y tantas veces se esconde. La quisieron por estar siempre presente y ausentarse cuando era preciso. Por ser siempre puntual y por no olvidarse de ninguna fecha importante. Por oler a jabón. Por tener la piel suave y los pensamientos afilados. Por ser comprensiva y por no entender nada. Por aceptar y por no dar su brazo a torcer. También la quisieron por saber dónde ir, aunque no conociera el camino. Por la música. Por ser ella.

Y a veces no la quisieron. No la han querido porque no era el momento, o no estaban preparados. Porque tenían un cortocircuito. Porque le hacían un favor. Porque no querían hacerle daño. Por ser confiada y crédula. Porque no era ella, que era él. Porque no sabían si querían una relación estable. También porque no estaban enamorados. Por ser demasiado buena para ellos. Porque era demasiado joven o demasiado mayor. Porque era lo mejor. O porque no sabían.

Y todavía espera querer mucho. Y entretanto intenta querer de otro modo y controlar el saldo de sus afectos, no vaya a ser que se quede en números rojos. Aunque tiene la impresión de que a ella no se le puede acabar, por suerte o por desgracia.

Al final va a ser que el balance es lo de menos. Y va a ser que lo que cuenta es lo demás.


jueves, 14 de mayo de 2009

Cristales de Colores

Llevaba una media hora tumbada sobre la arena, boca abajo, una gorra para protegerse del sol y un libro para protegerse del mundo. Solamente el rumor de las olas se elevaba más que las voces de los personajes de su historia. Pero el sonido no la interrumpía en la lectura, la relajaba y era uno de los motivos por los que le gustaba la playa.

Por fin la primavera había traído un verdadero anuncio de la siguiente estación. El día era radiante y tranquilo, los rayos del sol reflejándose con intensidad en un mar en calma. Apenas una leve brisa.

Cambió de posición, pues tenía el cuello agarrotado de estar en la misma postura tanto rato. Se colocó de lado, moviendo la gorra para que le siguiera protegiendo del sol y apoyó el codo sobre la arena, reposando la cabeza. Entonces los vio llegar.

Él iba el primero. Camiseta y pantalones de marca, las letras muy grandes y ostentosas, tanto, que probablemente eran una falsificación. Alto y muy moreno, los ojos negros algo rasgados, apuesto y de barbilla alzada. Caminaba dos pasos por delante de ella, que iba detrás con una blusa larga de color blanco y unos tejanos. El pelo, recogido bajo un pañuelo grande y negro, que no dejaba a la vista ni un mechón. Todo ello hacía que sus ojos enormes, rematados por unas largas pestañas, le dieran la impresión de estar muy tristes.

Se sentaron a su izquierda, pero algo más cerca del agua, por lo que podía verlos de perfil. Él se quedó quieto esperando, mientras ella sacó, de una bolsa a rayas, una toalla grande que extendió sobre la arena. El primero en sentarse, también fue él, colocándose ella a su derecha.

Cambió de posición de nuevo, esta vez con las piernas encogidas y abrazadas. Colocó el libro a un lado y mirando al mar, dejó vagar la imaginación. Él podía ser descendiente de algún príncipe árabe de antaño, tan altivo. ¿Y ella? No parecía muy feliz. No sonreía, ni denotaba ninguna emoción…

Mientras pensaba en ello, vio como él se quitaba la camiseta y después los pantalones, quedándose en bañador. Ella seguía sentada a su derecha, sin apenas moverse, mirando al frente.

Le dio rabia. Él podía mostrar su cuerpo bajo el sol, al aire libre. ¿Y ella? No era justo. ¡Una cultura que limita la libertad de las mujeres! Vienen a nuestro país, para aumentar sus posibilidades de vivir más cómodamente, de acceder a una educación y servicios mejores… Un nuevo proyecto. Y luego no se integran, ni se adaptan culturalmente. La diferencia en el modo de vestir de las mujeres, el pañuelo para cubrirse la cabeza, le parecía una barrera más ante esa integración.

Seguía pensando, cuando él se levantó y se acercó a la orilla del mar, donde sin apenas ruido, rompían las olas. Su barrio era uno de los principales núcleos de inmigración en su ciudad. Los inmigrantes norteafricanos, del Magreb o de otras áreas de África, se agolpaban en las mismas zonas, habían instaurado sus comercios que abrían los domingos y festivos, obligando a cerrar a los comerciantes de toda la vida – decían los vecinos. El paisaje habitual, era el de las antenas parabólicas en los balcones, para sintonizar la televisión de sus países.

A ella, particularmente, todo el tema económico le era secundario. Al fin y al cabo, sus padres también habían emigrado, y le habían inculcado que todo el mundo tiene derecho a buscar una vida mejor en cualquier lugar del mundo. Creía en ello firmemente. Sus prejuicios se activaban ante las diferencias culturales, o lo que ella suponía era la discriminación de la mujer.

La chica del pañuelo, había cerrado los ojos, y parecía que se relajaba al sol. Para entonces, su marido se había agachado junto a la orilla y parecía buscar algo entre la arena. De repente ella se movió para quitarse los zapatos, unas bailarinas que llevaba, y empezó a hacer un agujero en la arena con los pies.

Él regresó a su lado, llevando algo entre las manos y se arrodilló frente a ella con cuidado. Le mostró lo que había recogido: un puñado de brillantes cristales de colores y pequeñas conchitas. Ella le miró ilusionada y sacó un tarro de cristal de su bolsa a rayas. El bote que era bastante grande, estaba lleno a la mitad, de lo que parecía una colección de conchas, caracolas y cristalitos, todos diminutos. La mujer abrió el recipiente y él dejó caer dentro lo que llevaba entre las manos. Cuando cerró el recipiente de nuevo, le miró a los ojos y le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Una sonrisa generosa y brillante, que encerraba mucha de la ilusión que uno espera encontrar en una pareja joven. Entonces, se acercó un poco más a ella, alineando sus mejillas y se quedó allí un instante. Colocó su cabeza junto al cuello de la chica y ella se acercó un poco más, apretándole con un gesto tierno.

Se quedaron así unos segundos, el tiempo suficiente para que ella se diera cuenta de que muchas veces no se debe juzgar a la ligera. Sonriendo para sí misma, decidió levantarse e irse a casa, llevándose su primavera, su libro y sus prejuicios, bien metidos en el bolso.